Mensaje de Cuaresma 2020

“…el Espíritu le empuja al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por satanás.” -”c 1, 12-13-

Una vez más, como todos los años, el Señor nos concede generosamente que lo acompañemos en esta permanencia suya en  el desierto por medio de este tiempo litúrgico de la santa Cuaresma o “Quadragésima”, 2020, Año del Señor, el mismo Señor de la Historia, de la vida, que con su Muerte Redentora y Resurrección gloriosa ha fragmentado el crono, la cultura y la historia humana en dos. Valdría la pena que nos dejemos empujar por el Espíritu que llevó al Redentor, a Jesús,  hacia el desierto para que en él venciera la tentación puesta por el diablo; es justificable esta invitación, pues pareciera que algunos cristianos tienen las tentaciones que les circunda y salen vencidos por éstas, las cuales se replican en la Iglesia misma, en el ámbito familiar, en las instituciones seculares, en la vida política de la nación. Cuántos genuflectos ante el dios dinero producto de la deshonestidad en esta misma línea podemos decir cuánto robo en la cuantía o presupuesto que estaba destinado a la alimentación para niños, cuántos raponeros envolataron lo que canceló el suscriptor para su salud o para su pensión cuando las fuerzas del cuerpo vayan mermando y cuánto despilfarro a la mejora de la calidad de vida.

El silencio de Jesús en el desierto

Las prácticas cuaresmales nos llevan a ver, a toparnos con la gloria del Señor y, por consiguiente, no nos sustraemos a la alegría de esta santa práxis que el Señor al inicio de esta cuaresma nos recuerda en San Mateo 6, 1-6, 16-18:

En el mundo de hoy escribimos tanto en las redes sociales, exaltamos tanto con los emo o me gusta (“likes”), hablamos demasiado que muy poco tiempo nos queda para el silencio en la búsqueda de Dios, Uno y Trino, para que nos hable y permitir así que ablande nuestro ser para la voz del Señor. Cuánto silencio nos hace falta en nuestro entorno imitando así al Redentor en su actitud de silencio para fortalecernos con su ejemplo de bondad, de amor, de fortaleza y de la donación amplia y generosa de sí mismo, el cual hecho hombre no deja de denunciar el pecado que envuelve y deshumaniza más y más al género humano en esta lucha por llegar a la meta de esta carrera hacia la pascua temporal o definitiva.  El silencio y la reflexión develan lo repleto que estamos de nosotros mismos, de nuestras propias concepciones dogmáticas, de prejuicios frente al otro, de nuestra autosuficiencia que de manera arrogante señala el defecto del otro, sin avistar nuestra viga en nuestro propio ojo como nos lo dice el evangelio (cfr Mt 7, 5). En el ministerio cuántos pasan el lindero del sacerdocio por asirse a la fama  que ofrece el mundo con su engaño y se desplaza a Jesús aparentemente a la periferia. El silencio de Jesús aviva nuestro espíritu para denunciar y proclamar la Esperanza que hay después de la “metanoia” o conversión.

La oración de Jesús

Es el Señor el pedagogo por excelencia de la fe y de la vida quien nos enseña en medio de la oración a soportar y salir victoriosos de la tentación contemporánea, de la gama de posibilidades a ser uno más del mundo (con el rostro desfigurado por la prepotencia, el orgullo, la insensatez) por eso no olvidemos que la paradoja de la fe estriba en aborrecer las vida que ofrece el mundo para agradar a Dios y ganar la vida eterna, camino que comienza aquí en el espacio y la temporalidad.  La oración es comprender a Dios, es decir entender su sentir paternal amoroso por nosotros, su deseo que le imitemos, que seamos como él cuando en aquella sentencia nos expresa “Santificaos y sed santos, porque yo soy el Señor, vuestro Dios. (Levítico 20, 7)”.  La oración como dicen los místicos de la Iglesia es el diálogo permanente con Dios para que él nos hable, pero de análoga manera para que también nosotros le hablemos a él de nosotros mismos, de nuestras dificultades, de nuestros miedos y fracasos, pero también de nuestros anhelos; solo cuando dialogamos con Él u oramos a Él, entonces nos dará enseñanza, fortaleza, carisma, protección, sapiencia, sintiendo su compañía constantemente como el Hijo la experimentó en el desierto del cual Salió victorioso.

Nos prepararemos en este camino cuaresmal para celebrar el paso del Señor en nuestra vida, presencia del Señor que se hará visible en la gran celebración de la Resurrección del Señor atestiguada en el cánon neo testamentario desde tiempos inmemoriales como reza allí: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;” -I Corintios 15, 3-4-

Ayuno del Señor

Es nuestro ayuno asumido con sacrificio, con valentía, con sentido de vaciamiento de este “Ego” (yo) rebelde que me caracteriza, que me hace imperativo, intocable ante el consejo y corrección fraterna quizás anclado en aquel dicho popular: “genio y figura hasta la sepultura”, dicho que encierra una voluntad rígida, impermeable ante la invitación de Jesús de hacer nuestro corazón humilde semejante al del corazón de Jesús.

La limosna

El buen Samaritano dio más, sobre pasó la caridad del fariseo, del levita y del sacerdote del templo, pues dio caridad, atención, tiempo y ejemplo.  La viuda pobre –íngrima en el mundo, sin marido, ni descendencia- dio todo lo que tenía en su haber; fueron todas las monedas que le quedaban, ello consta en el evangelio. ¿Nosotros damos con generosidad o alegría o porque nos toca dar o ser “generosos”?  El evangelio del comienzo de este tiempo de cuaresma dice que si nuestra justicia no excede a la de los fariseos…

Unos interrogantes en estos días como preparación a la Pascua de Resurrección son:  ¿Contra qué pecado lucharemos en esta cuaresma 2020? ¿Pereza, concubinato, tacañería, pecado contra natura, fraude, mentiras rebeldía, obscenidad en el lenguaje corporal y verbal, chisme o habladurías contra el buen nombre y honra de las personas…?   

En esta cuaresma Jesús nos invita a vaciarnos de nosotros mismos a enmendar nuestros equívocos para que resucitando seamos Testigos valientes, decididos de él ante las distintas ideologías que acosan a la sociedad de hoy en día.  Pregustar la Resurrección del señor es vivir nuestra Vocación de bautizados, es decir, ser sal de la tierra y luz para la oscuridad.                                       

Dios les sostenga en su gracia santificante.

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