XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A.

Otra vez se refiere Jesús a la muerte del cristiano, pero ahora desde la perspectiva de la esperanza, que no es una actitud de pasiva espera, sino la actividad de personas que se sienten libres para actuar y confían en el Señor que confió en ellos. Es preciso aclarar primero qué se entiende por «talento» en este relato. Se trata de un valor de pago cuyo peso oscilaba entre 26 y 36 kg de oro («talento de oro»), de plata («talento de plata») o de cobre («talento de cobre»). El talento de plata (cf. v. 18) valía 6.000 denarios, y el denario era el pago de un jornal (cf. Mt 20,2). Un talento de plata era lo que un jornalero podía ganar en casi 20 años de trabajo.
Jesús compara el reinado de Dios a la confianza depositada por un hombre en tres «siervos» que reciben distintos talentos de plata y libertad para actuar y para responder. «Tres» es símbolo de la totalidad de los suyos («llamó a sus siervos»).

Mt 25,14-30.
Después de una detallada introducción, el relato refiere brevemente la actividad de cada uno de los tres beneficiarios, luego se extiende en la rendición de cuentas de la gestión de los mismos, sobre todo el tercero, y termina con una conclusión que urge la respuesta a la confianza.

  1. Introducción.
    La ausencia del «hombre» que se va de viaje alude a la muerte y condición gloriosa del Hijo del Hombre, que ya no está físicamente presente entre los suyos. Esto se sugiere en el hecho de que llame a «sus propios siervos» después de marcharse. Su ausencia les expresa absoluta confianza y total libertad, sin vigilancia ni interferencia. El encargo de sus bienes (cf. Mt 24,45) –que es una consignación (παραδίδωμι), no una custodia (τηρέω)–, se refiere a la entrega que Jesús hace del Espíritu al morir (cf. Mt 27,50). Las cantidades distinguen los dones, no crean estratos entre los siervos. La «capacidad» (δύναμις) de cada uno implica el conocimiento de su potencial individual.
  2. Actividad de los siervos.
    El «Hombre» deposita «todos sus bienes» (τὰ ὑπάρχοντα αὐτοῦ) en manos de todos sus siervos. Esta es una manifestación de confianza total al «siervo fiel y sensato» (cf. 24,45-47). La cantidad total distribuida (5+2+1=8) parece que hace alusión al día posterior al sábado, «primer día de la semana» (cf. 28,1), que sugiere el mundo futuro; son los bienes de la promesa cumplida, es decir, los bienes de la vida eterna. El día posterior al séptimo inaugura la nueva creación e introduce esta historia humana en su fase definitiva (cf. 24,34), en la que los «siervos» están facultados para dispensar a la humanidad las riquezas del Hijo del Hombre.
    Dos de esos «siervos» muestran diligencia y eficiencia al multiplicar los talentos que les fueron confiados. La imagen del «negocio» implica el riesgo de una inversión y el gozo de una ganancia. El verbo (ἐργάζομαι) que se traduce «negociar» significa «mantenerse activo», sea en la injusticia (cf. 7,23), o en el trabajo en la viña del padre (cf. 21,28) o en el testimonio del amor a Jesús (cf. 26,10). Aquí, por su correlativo «ganar» (κερδαίνω), que se usa en el comercio, se deduce que se trata de un negocio. Es fácil ver ahí la entrega de sí mismo y la experiencia de salvación que se deriva de tal entrega (cf. Mt 16,25). Cada siervo duplica los talentos que recibió, lo cual implica una fabulosa ganancia, como la sorprendente cosecha que produjo la semilla que cayó en tierra buena (cf. Mt 13,8.23). La confianza del «Hombre» les dio valor para arriesgarse, y ganaron.
    El tercero, en cambio, enterró «la plata» de su Señor. La imagen no evoca ni la parábola de la siembra, ni la del tesoro oculto en el campo (cf. Mt 13,44), porque la plata no es semilla, enterrada se oxida y se deprecia, no rinde réditos, y eso es lo que se da a entender con esta acción. «Si uno quiere poner a salvo su vida, la perderá» (16,25). Recibió la plata para ponerla a producir. En este caso, se trata de un acto tan irresponsable como reprochable. Se rehusó a comprometerse porque se atuvo a la Ley, ya que, según el derecho rabínico, cuando algo se ocultaba bajo tierra, en caso de que fuera hurtado, no había obligación de resarcir la pérdida.
  3. Rendición de cuentas.
    El «Hombre» ahora es el «Señor», cuya venida no era esperada. Él cita a sus siervos para levantar un acta de sus estados financieros, no para cobrarles participación alguna, sino para establecer el estado de la administración. De hecho, no hay devolución sino «presentación» de lo confiado y lo ganado. La igual respuesta del señor en los dos primeros casos es demostración de que lo que importa es la entrega y la producción, no la cantidad. Ambos son llamados «siervo bueno y fiel», pero se advierte que han administrado «poco», y que, en adelante, pasan al banquete de su Señor a administrar «todo» (Mt 24,47). Esto implica que, por mucho que hayan administrado los bienes de su Señor, su capacidad de hacerlo era limitada; después de la venida del Señor, ya no.
    El tercero manifiesta un concepto mezquino de su señor, proporcional al miedo que lo anima, y esa es su razón para no haber producido nada. El miedo paralizó su vida. El Señor no acepta el calificativo de «duro» ni la excusa, aduciendo que pudo confiarles a otros esos mismos talentos para que los pusieran a producir, y cuidar (κομίζω) así los bienes de su propiedad. Le reprocha su comportamiento «malvado y holgazán», y ordena que el talento se le dé al que produjo diez. La razón de dicha determinación está en la respuesta dada al don recibido: «al que produce se le dará hasta que le sobre, en tanto que al que no produce se le quitará hasta lo que ha recibido» (13,12; cf. 21,43). La propia vida nunca se salva escondiéndola temerosamente, sino entregándola generosamente. La ganancia será superior a la inversión hecha.
  4. Conclusión.
    El «siervo» recibe un tercer calificativo, «inútil», que da razón de los dos anteriores. El miedo que lo paralizó le impidió cumplir su encargo y producir frutos con los talentos recibidos. Su idea de que el Señor es «duro», le provocó miedo, y su miedo lo hizo «inútil»; la inutilidad lo expulsa, no pertenece a la familia, sino a las tinieblas, y en ellas solo hay lamento y frustración.

La esperanza cristiana es activa y se vive en un clima de serena confianza, de absoluta libertad y de gozosa responsabilidad, sin crispación ni temor. El tiempo de la espera es la oportunidad para el desarrollo personal, mediante la entrega de sí mismo a otros («negociar»), y para el desarrollo social por el crecimiento comunitario («ganar»). La libertad de iniciativa se basa en que el Señor reparte los talentos «según la propia capacidad». Esta expresión parece deliberadamente ambigua: puede referirse a la «capacidad» (δύναμις) de Jesús, el Espíritu, o a la apertura del discípulo a ese mismo Espíritu. En cualquier caso, los talentos se dan y se ponen a producir en relación con el don del Espíritu Santo.
En el contexto de la «Jornada Mundial de los Pobres», es claro que los talentos del cristiano y de su comunidad se negocian si «pobres reciben la buena noticia» (cf. Mt 11,4-5). Y la buena noticia que podemos darles es que, para poner a producir los talentos que recibimos, estamos dispuestos a encontrar nuestra felicidad acogiendo la propuesta que Jesús nos hace en las bienaventuranzas. Lo contrario sería hacernos «inútiles».
¡Feliz día del Señor!

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